La historia de la humanidad puede narrarse como la historia de una especie que aprendió a vivir simultáneamente en dos mundos. Uno es el mundo físico: el de los cuerpos, los alimentos, los depredadores, los ríos, las estaciones y las limitaciones materiales. El otro es un mundo simbólico: el de los mitos, las lenguas, las leyes, las religiones, las ficciones, el dinero, las identidades colectivas y las instituciones. Ninguno de estos universos existe de manera completamente separada del otro. Por el contrario, la vida humana consiste precisamente en la interacción constante entre realidad material e imaginación compartida. Lo que distingue a nuestra especie no es únicamente la capacidad de fabricar herramientas, sino la facultad de construir representaciones capaces de reorganizar la experiencia y coordinar la acción colectiva.
Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no inaugura la era del simulacro. La humanidad ha vivido desde sus orígenes rodeada de representaciones que nunca fueron simples reflejos de la realidad. Toda cultura es, en alguna medida, una inmensa arquitectura de símbolos. Los relatos nacionales, las cosmologías religiosas, las normas jurídicas, las obras literarias, las monedas, los mapas y los sistemas científicos son formas de representar el mundo antes que duplicaciones exactas de él. Constituyen modelos simplificados, interpretaciones y ficciones operativas que permiten actuar sobre una realidad demasiado compleja para ser experimentada de manera inmediata.
La verdadera novedad histórica de la inteligencia artificial no consiste, por tanto, en la aparición de nuevas ficciones, sino en la automatización y la expansión masiva de la producción simbólica. Por primera vez, una parte significativa de los textos, imágenes, sonidos y representaciones que circulan socialmente puede ser generada mediante sistemas computacionales entrenados sobre enormes cantidades de datos. La producción de simulacros deja de depender exclusivamente del trabajo creativo humano y comienza a adquirir una dimensión industrial, automatizada y potencialmente ilimitada.
Esta transformación obliga a reconsiderar algunas preguntas fundamentales. ¿Puede existir una cultura completamente libre de simulaciones? Probablemente no, si entendemos por simulación toda representación que sustituye parcialmente la experiencia directa mediante imágenes, narraciones o conceptos. La cultura misma parece consistir en ese proceso de mediación simbólica. Sin símbolos compartidos, la cooperación humana a gran escala sería prácticamente imposible.