El determinismo genético como incómoda idea transversal
Hay ideas que no se discuten porque sean falsas, sino porque son peligrosas. No peligrosas al modo de una bomba o de un manifiesto insurreccional, sino al modo más hondo y corrosivo posible: peligrosas porque, de tomarse en serio, obligarían a reconstruir desde los cimientos el edificio moral en el que habitamos. El determinismo genético —la proposición de que una parte significativa de lo que somos, de lo que podemos llegar a ser y de lo que efectivamente hacemos está condicionada, cuando no dictada, por la constitución biológica que heredamos al nacer— es una de esas ideas. Tal vez la más incómoda de todas las que ha producido la ciencia contemporánea, precisamente porque no incomoda desde un flanco ideológico identificable, sino que lo hace de manera transversal, atravesando con igual violencia conceptual las certezas de la izquierda y las de la derecha, las del progresista y las del conservador, las del activista social y las del defensor del libre mercado.